jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo 8.

Dolía mucho más sacarse los trozos de porcelana que clavárselos, pensó. El dolor no le dejaba pensar en otra cosa. Ni siquiera en como agradecerle que se los estuviera extrayendo ella. También trataba de relajar la espalda, pero cada vez que sentía cómo le introducía las pinzas(o las uñas, pues no recordaba si la había visto coger pinzas) no podía evitar volver a tensar hasta el último músculo, cerrando las heridas y endureciendo su carne, lo que dificultaba notablemente la labor de la chica.
“A la orden”, dijo él, riendo para disimular el daño que le hacía, cuando le volvió a repetir que se estuviese quieto. Pero no podía evitarlo, realmente dolía mucho… y ahora ella creería que lo hacía a propósito, para… fardar de espalda musculosa, por ejemplo. Era ridículo, ni siquiera la tenía “ancha”. Se hartó. Estaban en la cama, así que fue a darse la vuelta para cogerla y… Y suerte que estaban en la cama, porque el brazo le falló, haciéndole hincar la cara en la almohada. Peor habría sido contra el suelo… Con el mismo brazo, hundió dos dedos en una herida bastante grande  se quitó un trozo bastante grande. El mayor de todos.
-¡Vaya! –exclamó ella- ése lo dejaba para el último, de postre. 
También ella bromeaba, pero no para disimular nada, sino para animarle, y compensarle, al menos un poco. Había sido ella la que le había hecho…eso.
-Pues se acabó el jugar a los médicos –le respondió.
Nada más decirlo se arrepintió de haber sonado tan…borde. En realidad no estaba enfadado, ni siquiera dolido. Bueno, dolido sí, pero sólo físicamente. No la culpaba de nada. Hasta lo grave de las consecuencias, le había parecido bien que le tirase de la mesa, de hecho le había encantado. Odiaba a la gente hipócrita que apoyaba cierta forma de actuar en los demás, hasta que algo salía mal, y entonces, cuando más se necesita a alguien…te dejan tirado. Lo había vivido. Y varias veces. Odiaba a muchos tipos de personas, a mayoría, pero especialmente a éstos.
También odiaba las consecuencias de las cosas, como las horas de dolor por un momento de placer. Pero bueno, así era la vida. “C’est la vie”, se dijo. Y aunque casi nunca fumaba, en ese momento le habría gustado soltar una bocanada de humo. En lugar de ello, le besó en un pecho que parecía casi salirse del  vestido, como accidentalmente. Seguro que lo hacía a propósito. Besó el otro, y le pareció ver, antes de cerrar los ojos, que estaba, al igual que el vestido y las sábanas, salpicado de sangre. Ya no le dolía, pero sabía que ella sí que seguía sintiéndose culpable, y quería que se le olvidase. Por un momento, se preguntó cuáles serían las consecuencias de todo aquello, si es que las tenía.

Porque todo tenía consecuencias. Otra cosas que no le gustaba de la vida…otro motivo para dejarla tirada y colgarse. Aunque la verdad es que a él las consecuencias poco le importaban. Normalmente, se tomaba las cosas con su idiosincrático estoicismo optimista: no importaba lo que hiciera, pero tendría sus repercusiones. Y tampoco importaba éstas, fueran las que fueran, siempre tendrían su lado bueno. O, al menos, su lado gracioso. Para él, la solución de los problemas consistía en buscárselo. 


Capítulo siguiente.


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